Hormiga amarilla

Hormiga amarilla
Hormiga amarilla

La hormiga amarilla, también conocida como hormiga loca amarilla u hormiga zancona, está catalogada como una de las especies exóticas invasoras más dañinas del mundo.

No se conoce su procedencia aunque actualmente están presentes en África, Sudamérica, Asia y Oceanía, debido en gran parte a la acción humana.

De manera similar a otras especies de hormigas invasoras su dieta es amplia y variada. Pueden alimentarse de granos, semillas, moluscos, arácnidos, vegetación en descomposición, e incluso de cangrejos de tierra.

Tienen una esperanza de vida de entre 76 a 84 días.

Morfología de la hormiga amarilla

La hormiga amarilla es una de las hormigas invasoras más grandes, pudiendo alcanzar hasta los 5 mm de longitud. Son características además de por su color amarillo, que les da su nombre común, por sus patas y antenas alargadas.

El color de las hormigas amarillas a menudo se compara con el de las hormigas mieleras, ya que tienen una coloración muy similar.

Las hormigas amarillas rocían un ácido sobre sus víctimas, lo que les permite matar a sus presas, como pueden ser insectos y pequeños animales vertebrados.

Gran adaptación al medio

La hormiga loca amarilla suele encontrarse en zonas agrícolas aunque también está presente en zonas urbanizadas, colonizando casas y edificios, y en bosques.

Es frecuente encontrársela en plantaciones de café, de canela o de coco y en zonas costeras o con masas de agua cercanos.

En cuanto a los hormigueros no tienen un modelo específico de hormiguero a desarrollar. La hormiga amarilla puede formar su colonia tanto en una grieta como debajo de hojas en descomposición, siendo este último el lugar más habitual donde suelen realizarlo.

Su gran capacidad de adaptación al medio unido a su resistencia a un gran abanico de temperaturas y su capacidad de explotación de recursos tanto de día como de noche hacen a la hormiga amarilla una de las hormigas más invasoras que existen.

Daños económicos y ecológicos de la hormiga amarilla

Debido a su capacidad de adaptación para colonizar tanto zonas urbanas como zonas agrícolas, suponen una gran pérdida en daños tanto materiales como de producción, lo que se traduce en grandes pérdidas económicas.

Además, gracias a su capacidad de colonizar en numerosas poblaciones, han provocado graves problemas a la biodiversidad, tanto a la flora como a la fauna nativas, llegando incluso a modificar los ciclos nutritivos de una zona concreta.

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